En Diputados, hasta el ecuánime Eduardo Fellner sucumbió ante la presión que por interpósita persona (Agustin Rossi) le aplicó Néstor Kirchner. ¿Se habrá sentido incómodo? Seguramente, pues tiene el recuerdo fresco de las largas esperas en las grandes y controvertidas apuestas legislativas de 2008 y 2009.
En el Senado ante la repetida ausencia de Carlos Menem ninguno de los renombrados "oficialistas de criterio independiente" se animó a bajar dar quórum para tratar el proyecto de coparticipación del impuesto al cheque que, públicamente y en más de una oportunidad, han manifestado apoyar. Hubo algunos como Jenefes quienes asomaron la cabeza por la puerta del recinto, escucharon a algunos de quienes enérgicamente repudiaban la actitud del kirchnerismo, pero no avanzaron ni medio paso.
Está cada vez más claro que al arco no kirchnerista le faltan recorrer unos cuantos kilómetros en la ruta legislativa y que el oficialismo no tendrá pruritos ni pudores para herir y curar la Ley, el reglamento y la institucionalidad misma cuantas veces sea requerido porque, como dicen los principales referentes K, "nosotros tenemos la responsabilidad de gobernar"
Acorralado por los números desfavorables, el oficialismo contraataca como puede. Sin embargo, la decisión de llevar la política legislativa al límite de lo tolerable ha tenido impensados beneficios de corto plazo: en primer lugar, ha dejado en evidencia en reiteradas oportunidades la fragilidad opositora que muestra al mundo su incapacidad para lograr acuerdos y horroriza a cuanto votante la imagina en el Gobierno.
En segundo lugar, ha remarcado sus diferencias internas obligándola, desde la más furiosa impotencia, a los pases públicos de factura. Hasta ahora, el antecedente más flagrante en la cuestión había sido las declaraciones de Rodríguez Saá cuando hace algunas semanas desautorizó las negociaciones de Gerardo Morales con Pichetto, y lo obligó a volver a la instancia original.
Esta semana, mientras en el Senado la ausencia de Menem logró ser la clave para que la oposición pudiera superficialmente mostrarse unida acusando un arreglo entre el ex presidente y el Gobierno, la Cámara de Diputados fue la caja de resonancia de las bombas que los líderes de diferentes espacios se arrojaron con crudeza: críticas al institucionalismo de los radicales, retos al liderazgo de los jefes de bloque que no lograron sentar a su tropa al horario convenido, y el recuerdo obligatorio del momento en que la oposición decidió no pelear por la presidencia de la Cámara, en aras de la institucionalidad.
Claro que estos movimientos no redundan sólo en beneficios para el Gobierno. Los costos de mediano y largo plazo son cada vez mayores. Así como la oposición deberá rendir cuentas de su incapacidad, el oficialismo deberá pagar por su estrategia obstruccionista a una institución clave como el Parlamento.
Por otro lado, y más allá de la evaluación de la opinión pública, internamente empiezan a llegar las facturas a pagar por los servicios prestados. El Frente para la Victoria ha esmerilado la confianza que la oposición siempre depositó en Eduardo Fellner, y quienes quisieron desplazarlo en diciembre ahora van por su cabeza.
También pusieron en tela de juicio al Secretario Parlamentario Enrique Hidalgo, ariete fundamental de la estrategia administrativa oficialista. ¿Cuánto tardarán Oscar Aguad y Pino Solanas en alcanzar acuerdo mínimo para removerlo? Más temprano que tarde, podría haber cambios en estos importantes espacios.
En resumen: que no sonó la chicharra, que el tablero electrónico no contó a todos los presentes, que al oficialismo siempre se lo esperó para que consiguiera el quórum, que Menem es aliado de Kirchner, que hay que descontar la dieta de los legisladores ausentes… Son sólo apostillas de un nuevo fracaso opositor, pues nada ha cambiado.
El oficialismo ha puesto sus cartas sobre la mesa desde el comienzo del juego, mostrando incluso aquellas que se encuentran marcadas; ahora, es necesario que la oposición salga del estado de asombro, termine con el berrinche, asuma el rol que le tocó en suerte y empiece a hacer.
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