¿Cuál es el denominador común de todos los temas que hoy dominan la agenda legislativa? El enfrentamiento enconado entre el oficialismo y la oposición y las escasas posibilidades de alcanzar un acuerdo en cada uno de los puntos.
El conflicto por la votación del impuesto al cheque terminó esta semana con sendas denuncias contra los titulares de ambas Cámaras. El dato es interesante, puesto que empieza a notarse que Fellner sufre cada segundo en el máximo sillón de Diputados: el nivel de conflictividad, sabe, no lo favorece en sus aspiraciones de volver a la gobernación de Jujuy.
En el caso de Cobos, la cuestión ya tiene varios antecedentes y él mismo ha decidido mantenerse en este incómodo lugar, sin tener demasiado claro cuánto gana y cuánto pierde con la decisión, lo que sólo se sabrá con el paso tiempo. Esta semana sufrió la denuncia de Hebe de Bonafini, algo esperable teniendo en cuenta que el Jefe de Gabinete de Ministros hizo una invitación pública a denunciar al vicepresidente.
Esto es, en sí mismo, una horrible precariedad institucional a la que nos hemos ido acostumbrando. El acostumbramiento y la pérdida de la capacidad de asombro ante estos desarreglos es lo más grave del asunto: que la máxima autoridad ministerial invite públicamente a denunciar al primer eslabón de la cadena de mando, debería, cuanto menos, horrorizarnos.
La peligrosa verborragia del Jefe de Gabinete representa lo más deleznable del reactivismo oficialista. Pero así como no es sana esta actitud del Gobierno, tampoco es sana la actitud exitista de la oposición, que no entiende de tiempos y prudencia y actúa sólo guiada por la premura de obtener el tan ansiado triunfo semanal.
No hay que olvidar el punto de partida en esta disputa por la coparticipación del impuesto al cheque: en la sesión del Senado, la oposición impuso el tema pero esquivó las múltiples instancias de conseguir un triunfo sólido sin cuestionamientos, sólo por no demorar una semana más la cuestión.
Fue incapaz de aceptar la propuesta de Cobos de volver a comisión el proyecto, fue incapaz de negociar con el misionero Viana que tenía una propuesta alternativa, fue incapaz de convencer a Menem para que “resista” en el recinto, y fue incapaz de coordinar acciones con los pseudo disidentes Jenefes y Guinle.
Otro de los temas de la semana que muestra el nivel de irracionalidad que domina la política argentina es el caso Larrosa-Lozano y el espionaje en el Ministerio de Economía. La conferencia de prensa de Amado Boudou fue una teatralización exagerada de un simple ataque a Claudio Lozano.
Que Lozano mereciera los dardos recibidos, que se tratara de una venganza como él explicó, son cuestiones discutibles. Pero si hay algo prístino en todo este embrollo es el efecto colateral de la guerra Boudou-Lozano, que tendrá una consecuencia dolorosa para el Gobierno: con la virulencia de las palabras del ministro de Economía se esfumaron las últimas esperanzas oficialistas de obtener algún un triunfo en la Cámara de Diputados.
Lozano es uno de los máximos referentes del espacio de 11 diputados de centroizquierda que lidera Pino Solanas, y hasta aquí, uno de los principales moderadores del resuelto oposicionismo del cineasta. Si el Gobierno esperaba contar con estos aliados para aunque sea acercarse al quórum en la Cámara baja, de ahora en más deberá redoblar sus esfuerzos. Las actitudes kirchneristas alejan al “opositor constructivo” más voluntarioso.
No se equivocó el diputado Vargas Aignasse cuando planteó que “de Pino a Pinedo y de Pinedo a Pino, la única síntesis de la oposición es oponerse al Gobierno”; sería interesante que el tucumano, y con él el oficialismo entero, se pregunten cuánto tienen que ver sus polémicas decisiones en ello.
En conclusión, el escenario actual de enfrentamiento que se justifica en el mismo enfrentamiento, muestra la imperiosa necesidad de un giro radical en la política argentina, hacia niveles de mayor consenso. De otra forma, deberemos acostumbrarnos a que la judicialización se convierta en una etapa más del proceso de formación y sanción de las leyes. |